Desde lo alto del ayuntamiento, al lado del escudo con las llaves de la ciudad coronado por un murciélago me situaba observándola. Desde que fui declarado prófugo cada mañana a las 10 ella salía para hacer el saludo al sol. Entonces yo hacía el saludo a ella. Pero ella nunca me veía. La miraba y la velaba. Ellos veían un acto adulterino en ello, nada más lejos de la realidad. La única verdad que conozco es que ella guardaba las llaves de mi libertad, la belleza era secundario en nuestra historia. La perduración de mi historia llegó hasta mi muerte. Ni un solo día falté a saludarla, ni un solo día logró verme.

—¿Cómo vas a terminar este microrrelato así? No es justo.

—¿Quién te ha dicho que la vida tenga que ser justa, muchacho?