La sombra del reflejo (Capítulo 1)

Miro por la ventana, observando los árboles del exterior. Cómo el sol ilumina el follaje y cómo el aire lo hace bailar. Finjo que eso me transmite un poco de paz interior. Lo finjo por mí misma, para poder pasar un día más.

El timbre suena y vuelvo a tomar conciencia de mi entorno, de la gente. Es un día más como cualquier otro, en el que pasaba otro descanso sola en el pasillo de la planta superior. En realidad, no hago vida social más allá del instituto y ya veis que hago poca aquí.

Poco después de sentarme en primera fila, llega Joan y se sienta a mi lado. Lo miro y me sonríe.

 Dentro de clase puedo distinguir a dos tipos de personas. Uno es la gente con la que interactúo y el otro tipo es con la que no. Los grupos se decidieron en el primer año de instituto y han permanecido intactos. Joan forma parte del primero, obviamente.

Es un buen amigo, podría decir. Él incluso sabe que paso los descansos sola, lo descubrió un día, pero no dijo nada. Creo que me entendió sin darle ninguna explicación.

Nos llevamos muy bien. Una perfecta armonía, o eso quiero creer. Nunca he compartido esto con él y me pregunto si piensa lo mismo que yo o, simplemente, soy la chica rarita de su clase. No importa, me siento bien así con él. Y eso no me suele pasar. Es como la vitamina que me da fuerzas. Cuando estoy triste, allí esta su simpatía y su sonrisa.

Aunque hace algunos comentarios alarmantes en clase y en su música (tiene una banda), como que quiere terminar con su vida. Yo le doy el espacio que él me da a mí. Me preocupa un poco, en verdad.

En mi día a día no tengo mucho de lo que preocuparme, realmente, pero lo suficiente para hacer de mi vida un tormento:

Los estudios.

¿De dónde me viene esta preocupación? Bueno, pues la nota ya cuenta y debería sacar el máximo para poder hacer lo que quiera en la vida. Si hago bien estos años podré ser LO QUE QUIERA en mayúsculas, porque es importante (técnica de estudio). Todo lo que me proponga, tengo tantas posibilidades en la vida. Si solo consiguiera la nota perfecta mi futuro estaría asegurado.

¿No es así?

Me encuentro en el pasillo llorando, un día de tantos. Pero con tan mala pata que pasa uno de mis profesores.

—¿Qué te ocurre, Altea?

¿Y ahora qué se supone que debo responder a eso? ¿Cómo explico mi agonía? Y lo más importante, ¿cómo le hago entender que no sé lo que me
pasa?

El profesor pregunta impaciente y «no sé» no parece servirle. Mi llanto ansioso lo incomoda y le hace sentir que ha de hacer algo. ¿Pero sabe solucionar algo de lo que me pasa? ¿Le importan mis problemas?

Pienso en los últimos problemas que he tenido y cuento uno al azar. Diga lo que diga no se corresponde con lo que me pasa. Es algo más allá que ni yo misma logro comprender. Si es que yo misma me sorprendo de verme llorar, aunque cada día lo tengo más asumido.

Joan me ve con el profesor y viene. Lo consigue convencer de que puede irse y que él se quedará conmigo. Se sienta a mi lado mientras lloro.

—No tienes por qué estar aquí.

—Lo sé —responde Joan, sin mirarme.

Seguimos en silencio mientras trato de calmarme. Sabe que no hay nada que pueda decir para consolarme y que tampoco quiero las típicas palabras vacías que no consiguen ninguna repercusión.

—La vida… es dura.

Me sorprende que diga algo, no suele hacerlo.

—A veces —respondo, intentando suavizar el ambiente. Sobre todo, porque estoy más preocupada por él.

Joan compone canciones que puedo describir no solo como buenas, sino como canciones con calidad artística. Verdadero arte de un grito que nadie nunca escucha. Utiliza el inglés porque según él se siente más cómodo con él y sus padres no lo entienden. No los quiere preocupar. Y lo entiendo. Yo tampoco quiero preocupar a mis padres, si es que hay alguna cosa por la que preocuparlos.

A todo esto, no debería compararme con Joan. Él tiene un diagnóstico médico, una enfermedad. Y yo, no sé, puede ser que lo mío se llame «adolescencia».

«La vida es dura, a veces». Se convirtió en una especie de lema que no era mejor que los silencios, pero era una realidad. Nuestra realidad.

Mi obsesión por las ventanas aumentaba. Pasar al otro lado de la ventana y abrazar el asfalto. Era una idea que cada día tenía más fuerza, aunque no sé cómo había llegado, me hacía sentir bien. Aligeraba mis pensamientos.

Llego a clase un día de tantos, otro día normal. Pero Joan no está. Me extraña porque no ha avisado por el grupo de clase, pero lo dejo pasar. 

—¿Sabes algo de Joan? —me pregunta Marc, uno de los chicos con los que nunca he hablado. Sí, del segundo tipo.

Contesto que no y miro el móvil para enviarle un mensaje, pero Marc se me adelanta.

—Joan… me han dicho que estaba en el hospital esta madrugada… muerto. —Consigue explicarme con todo el tacto que le era posible, que resultaba no ser mucho.

—¿Qué…? —Empiezo a preguntar confusa, pero me interrumpe.

—La tía de Paula ha visto a sus padres en el hospital y les ha preguntado qué pasaba…

Me fijo en mis compañeros, los del primer tipo, pero nadie parece estar preocupado.

—¿Sabéis algo de Joan? —pregunto a mis compañeros.

Nadie tiene claro qué ha pasado.

Cojo mis cosas y me voy de clase. No puedo aguantar las clases sabiendo que él… Bueno, ya sabes. No puede ser. Simplemente, no. ¿Cómo podía haber dejado pasar algo así? Estúpida armonía, no tiene ningún sentido si te mueres, Joan.

Extrañamente, no lloro, supongo que todavía no me lo creo. Todavía espero que sea una broma. Que sea un error y que no haya pasado nada. ¿Qué te ha pasado, Joan?

Estamos Marc y yo sentados en un banco del pueblo, han pasado horas desde que me ha dado la noticia. Y se va confirmando su historia.

Mientras, no paraba de hablar sobre la vida. No sé por qué motivo he accedido a quedar con él, supongo que tiene buena intención, pero no tiene ni idea de lo que necesito, nadie lo sabe. ¿Sabía yo lo que Joan necesitaba?

—Mira esto, sus padres han colgado la carta de despedida de Joan.

¿Qué? ¿Hay carta de despedida? Necesito leerla, saber qué pensaba Joan para llegar al punto de no solo querer acabar con su vida sino de ponerle fin definitiva y eternamente.

Marc me pasa el móvil para que pueda leerlo. Lo leo hasta el final, con lágrimas cayendo por primera vez desde la noticia.

«Hola a todos,

Quiero anunciar con gran pesar que mi vida termina aquí. He descubierto a través de la depresión que la vida da muchas vueltas y que el ser humano en su infinita oscuridad nunca dejará de sorprenderme. Lamentablemente, para mal.

Me gustaría pensar que he vivido bien, que he hecho todo lo posible por aprovechar los días en que la depresión no me hundía. Pero, al contrario, temeroso de la vuelta al estado de afligimiento he vivido mis años con temor y de manera cruel.

Muchas son las vías de escape para el dolor y a través de mis canciones he querido expresar el mío, no porque quisiera fama sino por razones más egoístas que esta. Creía que al depositar todo mi dolor y transformarlo en algo artístico podía aligerar mi alma. Que si transformaba mi dolor en sonrisas podría volar.

Pensé una y mil veces en el por qué estaba así. Pero no hay una razón.

Es duro querer morir, pero más duro es suicidarse.

¿Forma parte de mi personalidad? ¿Es mi culpa? ¿Doctor, era eso lo que querías oír? ¿Eso en lo que insistías en nuestra última visita?

Bueno, está es mi decisión final».

Son sus palabras. Estaba tan angustiado. La carta hablaba de la depresión que sufría y cómo había terminado con él. Y nombraba a su psiquiatra, el cual, básicamente, no lo había ayudado en nada. Lo había hecho sentir peor. Creo que ahora entiendo sus silencios. No eran de comprensión, eran de precaución. No quería angustiarme como su psiquiatra había hecho con él.

—Creo que los padres culpan al psiquiatra.

—¿No tenemos todos culpa acaso? —respondo.

Él estaba enfermo y todos lo sabíamos, aunque no hablábamos del tema. No sabía hasta qué punto podía afectar esta enfermedad. Cómo una enfermedad te hace perder el miedo a la muerte y pasar a verlo como la solución. Como lo correcto.

Fuera de los estudios y su música no sabía nada de él. Que yo no tuviera vida social no significa que él no tuviera. Solo sabía que sufría, pero incluso sufriendo era la vitamina de mi vida. Y todavía no me creo que lo haya hecho realmente. La vida tan efímera, tan dura… a veces.

Los siguientes días no voy a clase. Poca gente lo hace. Estábamos bastante ocupados entre el tanatorio, el funeral y el cementerio. Y aun no teniendo esas cosas dudo que hubiera sido capaz de ir. Lloro la mayor parte del día. Lo tengo en la cabeza todo el día. Me cuesta de creer aún.

Marc estaba quedando conmigo, no conozco su motivo, pero se agradecía alguna distracción. Era agradable. Aparte de conversaciones banales, algunas veces decía incluso cosas interesantes. Cosas que me hacían pensar y meditar.

—¿Alguna vez te has parado a escuchar su música? —pregunto a Marc.

—Sí, claro. Tenía mucho talento…

—No. —Interrumpo—. ¿Alguna vez te has parado a oír qué decía?

—¿La letra? Bueno, no soy muy bueno en
inglés. Pero la gente dice que las letras eran muy duras.

Lo que imaginaba. Yo había oído una y otra vez sus canciones los últimos días. Escuchando cada palabra y cada grito de dolor. Desde que leí la carta de despedida. Era su legado en forma de mú-sica.

Y esas canciones eran su grito de ayuda al mundo y el mundo había hecho oídos sordos, incluida yo… Pensaba que su música le haría quedarse. Que tenía ambición en la vida, pero no era eso lo que quería. Pero había alguna cosa más en aquellas letras.

Hay una canción en la que pide disculpas, «I’m sorry, from white to red». Significa algo así como «lo siento, de todo corazón». ¿Qué sentía tanto? Puede que sea un mensaje anticipado de suicidio. En la canción dice más cosas como «mi peor pesadilla, el paraíso perdido», puede que haya perdido el paraíso porque al suicidarse no irá al cielo… ¿era creyente? Ni siquiera sé eso de él.

Los días pasan con Marc y no se puede decir que los disfrute, pero gracias a él son un poco menos duros. O menos solitarios, mínimo.

Todavía tengo a Joan. A través de su música nunca morirá o alguna de estas mierdas que se suelen decir para consolarse y para evitar pensar que se ha ido para siempre y que es imposible que vuelva. Ya sabes qué quiero decir, evitar el tema de la muerte. Nadie nos prepara para morir y menos para sobrevivir la muerte de nuestros seres queridos. ¿Pero acaso alguien nos había enseñado a vivir? La vida… es dura, a veces.

Su música me hacía compañía por las noches, al punto de soñar con él cada noche. Sin ninguna excepción. Mientras que por el día, Marc está ahí. Hablando de estrategia militar, de videojuegos o de cualquier otra cosa de las suyas. La mayor parte del tiempo solo escucho, no estoy muy acostumbrada a participar activamente en una conversación. Los silencios eran nuestra especialidad y hacía tiempo que no iba con ningún grupo de clase de ningún tipo. Pero noto que cada día participo un poco más. Cada día espero a que me envíe un mensaje para poder quedar o para poder hablar por chat, simplemente.

Ha pasado más de una semana de su muerte y ha llegado la hora de volver al instituto. Todos han vuelto a la normalidad o eso quieren aparentar. También lo quiero aparentar yo, aunque nunca he sabido lo que es normalidad. Solo pensaba en el momento de dejar el instituto y empezar de cero en la universidad. Conocer nueva gente y hacer las cosas bien.

Pasaba las horas en la sala de estudio. Como ya he dicho, es especialmente importante la nota. Lo es todo, de hecho. Un día cometí el error de sacar el tema a Marc.

—Vivir para estudiar no vale la pena. No puedes vivir en el futuro. Tienes que vivir en el presente. Disfrutar del día.

Marc no entendía nada de nada. Así que le dejé de hablar. Eso de disfrutar me venía muy lejos, igualmente. ¿Quién está satisfecho con una vida ordinaria? Solo quiero cumplir mis metas.

Yo sigo con mí día a día, de estudiar. Unas semanas después de dejar de hablarle volvemos a hablar por chat. Se me ha pasado el enfado, tampoco ha cometido ningún crimen. Y tengo la sensación de que le gusto de alguna manera. A veces dice cosas que me gusta oír.

Pero dura poco el volver a hablar, el volver a quedar, pues su manera de hablar de mí me hace enfadar y dejarle de hablar. Pero claro, volvemos a hablar por chat. Y me pregunto qué es lo correcto, porque es tremendamente subjetivo. ¿Tenía que aguantar las lecciones de Marc sobre mí? ¿Tenía algo de razón en aquello? ¿Debo acaso dejar de hablarle por ello? Lo correcto está solo en nuestras cabezas, fuera no existe.