SHASH pintaba sobre un lienzo en negro, su realidad era la oscuridad. Nadie podía nunca entrar a su habitación ni intentar contactar con ella, quien se valía de sus dibujos para comunicar lo que veía. Con la gracia o condena desde pequeña del don de ver el destino de las personas y del mundo.

Para mayor probabilidad de acierto, SHASH no podía ser condicionada por nadie por eso fue mandada a una habitación oscura, cuyas paredes recubiertas de cortinas azul oscuro conjuntaban con el suelo que la oráculo pisaba siempre descalza.

La oráculo dio un sobresalto, tuvo que mirar varias veces porque no creía lo que veía. Descorrió las cortinas azul oscuro dando paso a la luz a través del balcón. ­—Oh, no—exclamó la oráculo mientras salía al balcón. Cerró los ojos tratando de convencerse de que no era real. Y al abrirlos ahí estaban los copos de nieve cayendo y cubriendo lentamente todo lo que veía con un fino manto blanco. —Ha llegado el momento.

SHASH tenía que marchar del templo de Dramade. Ya no era de utilidad encerrarse a pintar cuadros para que el consejo de sabios debatiera sobre el futuro de las ciudades. Ahora era el momento de marchar de allí, después de décadas de confinamiento, décadas que habían convertido a aquella niña asustadiza en una mujer con pleno control de su poder.

Cogió unas cortinas, las rasgó y se abrigó con ellas a manera de poncho improvisado. Entonces volvió a salir al balcón. El salto era grande pero no tenía otra opción que salir del templo. Salir de su zona de confort no iba a ser fácil. Pero el salto era necesario.

SHASH miró por el balcón, se acerca lo más que puede a la barandilla plateada que ornamentada descansa sobre el suelo del balcón y se cogió de la barandilla firmemente.

Entonces notó una fuerza que la impulsaba hacía el otro lado del balcón. Intento resistirse pero por puro instinto, ya que sabía que era algo imparable y que debía aceptar el salto fuera del templo de Dramade.