Llego a la nueva casa de la tía Yanely y llamo al timbre. Espero. Nadie abre la puerta. Vuelvo a llamar. Observo la casa dando unos pasos atrás. Entonces oigo ruidos y lentamente se abre la puerta dejando ver a una mujer muy envejecida, algo encorvada que cambia el semblante de enfurruñado a sonriente al verme. Pero no se denota alegría ni calidez en su sonrisa, puede que por costumbre se le haya viciado la sonrisa y se muestra diabólica ahora.
Sin mediar palabra conmigo se da media vuelta y entra al interior de la casa. Me quedo mirando, esperando que me dé el paso. Pero ya se ha adentrado demasiado y no la veo. Miro la puerta medio abierta y suspiro con resignación. Me santifico antes de entrar y con paso indeciso paso a la otra parte de la puerta, cerrándola tras de mí.
Tras un descansillo lleno de cajas de cartón encuentro un pasillo bastante estrecho con varias puertas cerradas y al fondo algo oscuro diviso la entrada a una habitación. La habitación se encuentra iluminada solo por velas. Tiene una ventana totalmente tapada por la que no pasa ni un hilo de luz.
Me voy acercando lentamente, cuidando bien mis pasos. Entonces veo a tía Yanely asomarse a la puerta con mala cara y cierta impaciencia. Y me doy prisa instintivamente en llegar al final del pasillo. Pero algo me para en seco. La visión de la habitación hace que me dé un pequeño vahído. Había velas rojas, azul claro, blancas y se podía ver incluso alguna de color negro. Había más plumas y pieles, dientes, partes de animales. Y lo que más me aterraba imágenes de demonios o lo que a mí me parecen demonios.
Observo a mi tía. Vestida con un traje tradicional de mi país color amarillo ocre, con un turbante blanco en la cabeza, plumas y grandes flores rojas. Cogiendo cosas de las estanterías, escarbando entre las cajas y cajones, y poniéndolas sobre la mesa, ordenándolas meticulosamente en un orden caótico incomprensible.
—Venga, siéntate. —me dice mascando las palabras.
Observo lo que parece ser una silla normal y corriente parada frente a mí. Me acerco y me siento mientras sigo observando los muchos abalorios que se presentan ante mi vista. La tía Yanely empieza a murmurar y el miedo recorre mi cuerpo. Entonces abre el puño sobre la mesa en un hueco que había entre los muchos objetos que había ido poniendo y suelta lo que podrían ser huesos o piedras blancas o ambas. Ya había empezado con su brujería, pero era incapaz de interrumpirla.
— Tú desdicha amorosa cambiará pronto. Ten paciencia. —dice mi tía mirándome fijo a los ojos.
Y con eso y una vela, prácticamente me echa de casa sin que pueda apenas mediar palabra. Así que aquí estoy frente a la puerta, observando la fachada de la casa. Podría ser peor. Podría haberme usado como sacrificio humano para sus rituales.
No me miréis así, bromeo porque me ha estresado visitarla. Lo mejor será que vaya a mi cafetería de siempre a relajarme bebiendo un placentero café con leche.
— ¿Lo de siempre, Ruth?
—Sí, gracias —le digo al camarero mientras me dejo caer en la silla, derrotada.
El camarero vuelve con el café y se me queda mirando. No tardo en darme cuenta de que observa la gran vela roja que he dejado sobre la mesa.
—Ah, esto… —en realidad, no sé que decir. Mi mente se ha quedado en blanco. Solo recuerdo la mirada de mi tía… espeluznante, tanto que me estremezco.
El camarero se acerca y me pregunta si estoy bien. Yo asiento la cabeza.
—Esto es para el aniversario con Adrián.
—Debería ser para mí esa vela.
Se produce un silencio incómodo entre nosotros.