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Banner de la historia “Fuga por amor” de Érica Fortuny.

De vuelta al pueblo, voy muy animada. Le explico las historias de mis idols favoritos. Pero él está raro. Le encuentro como abstraído.

—¿Me estás escuchando? —le pregunto molesta.

            Él deja caer al suelo y se lleva las manos a la cara, ocultando su rostro de mí.

            Dios mío, ¿habré sido demasiado borde? ¿Qué le ocurre? ¿Por qué se pone así?

            —Lo siento, no sé qué me pasa. Ha sido como un clic en mi cabeza. Algo me reconcome, los pensamientos dañinos —empieza a decir muy alterado —. Siendo en mi alma un gran peso. Lo siento, no debería meterte en esto.

            —¿Meterme?

            ¿De qué habla?

            —Es horroroso, no me deja vivir. Me ahogo entre los pensamientos y nadie me rescata. Me tengo que salvar yo solo. Pero no puedo, Carmen. Es muy duro —me mira —. Lo siento, te llevaré a casa — recoge el bastón y empieza a andar.

            Me he quedado sin palabras, estoy asustada. A este chico le pasa algo, ¿por qué se comporta así de repente? Había estado bien hasta ahora. ¿Será algo que he dicho? De verdad que no entiendo nada. Me está rallando ya el tema. Va en silencio, como si fuéramos en procesión funeraria. Mientras no deja de derramar lágrimas que intenta cazar en sus mejillas antes de dejar un reguero de lágrimas por la ropa, o incluso la calle.

            Pero ya no sabía que decir. Parece que cualquier cosa que diga reabra una herida oculta. No me da ninguna explicación y no parece que ayude haga lo que haga. Así que decido callarme.

            La cara tan bella y llena de vida, tiene ahora un aspecto fantasmal. Como si le hubieran drenado la energía o hubiera visto un fantasma.

            —¿Qué te pasa House? —oímos desde el otro lado de la calle. Aparece un chico por la esquina. Julián se da prisa en quitar todo rastro del llanto —Vas a asustar a la nieta de Agustina.

            Miro a un lado y a otro, sin terminar de entender lo que ocurre.

            —Déjanos, Alex.

            —Venga, ve a casa Julián. Yo me encargo de acompañar a Carmen —vuelve a hablar, pero con un tono más amigable en esta ocasión.

            Miro a Julián pidiendo opinión, en plan: “¿es seguro irme con él?”. Él nos mira a los dos sin decir nada.

            —¿Qué dices, Carmelita? ¿Te acompaño yo a tu casa?

            Finalmente accedo. Después de todos estos días sin interactuar con nadie, aparecen estos dos chicos en el mismo día. Casualidades de la vida, supongo.

            —Oye, ¿por qué se ha puesto así Julián? —me atrevo por fin a preguntar.

            —Ay, Carmelita. Esa no es la pregunta que quería escuchar.

            —¿Cuál querías escuchar? —arqueo una ceja y pongo mis brazos en jarra.

            —Da igual, no sé que le habrá pasado. Supongo que desde el incidente está más sensible. Bueno, todos lo estamos. Quien sabe. ¿Cómo lleva tu abuela lo del pie?

            —¿Qué del pie?

            —Sí, que le cayó una maceta en el pie.

            —Ah, mejor. Ya está mejor del pie. Oye, ¿por qué sabes eso?

            —La magia de los pueblos, Carmelita.

            —¿Puedes dejar de llamarme así? —digo molesta ya.

            —De acuerdo. Carmen —pronuncia mascando cada letra.

            Alex es algo extraño. Me ha querido acompañar, pero estaba a dos calles. ¡Si esto no tiene perdida! Pero no es raro por eso, no. Tiene una confianza en sí mismo desbordante. Es gracioso pero molesto.

            En fin, espero que Julián esté mejor. El incidente… preguntaré a la abuela Agustina, a ver de qué se trata.