El inicio de la historia que iré subiendo a Wattpad. Junto a las otras dos historias: Vela de amor y Las luces del abismo . También podéis seguirla en esta web.

Cierro los ojos para no ver las curvas que hace el autobús subiendo la montaña. Me da miedo que nos choquemos con uno de los muchos coches que pasan a toda velocidad por el otro carril. Subo el volumen del móvil para envolverme de la música de The Rose, uno de los grupos con el privilegio de estar en mi larga lista de grupos favoritos. Sí, soy multifandom. ¿Cómo no serlo? No puedo decidirme por un solo grupo, cuando creo que me he decidido por uno, descubro lo graciosos, tiernos y talentosos que es otro grupo y no puedo centrarme en uno solo.

Mi amiga, Eva, ama a un solo grupo. Es una fiel seguidora de SHINee, una shawol verdadera. Ella me descubrió el magnífico mundo de la música asiática. Pero yo me he centrado más en la parte surcoreana, el Kpop. Eva siempre me corrige cuando pronuncio mal el coreano, es un poco molesto. Si me ha entendido para qué me corrige.

Carmen: Ya te echo de menos (icono de tristeza)

Eva: Si nos vimos ayer…

Qué seca, como siempre.

Espera, está sonando una canción nueva. Me encanta. Cierro los ojos y disfruto del novedoso sonido, del ritmo, las voces, las pausas. Está perfecta.

—Carmen, hemos llegado —dice mi madre.

Bajamos del autobús con nuestras maletas. Mi padre lleva tres, mi madre una mochila y yo una bolsa de deporte y una maleta de viaje. Mi madre está débil. Le duele los músculos de haberse matado a trabajar limpiando. Mi padre siempre intenta mantener la imagen de fortaleza, pero se le escapa un quejido de dolor más de una vez, a veces intenta esconderlo en rugidos de fuerza, pero a mi no me engaña. Tiene la espalda molida.

Observo el pueblo desde la única parada de autobús del pueblo. Se puede adivinar fácilmente, ya que se ve donde termina el pueblo desde la parada. El pueblo está en la falda de la montaña. Puedo ver que tiene más cuestas de las que me gustaría que tuviera ahora mismo.

Mi madre tiene la mirada perdida. Mi padre, en cambio, nos echa una mirada para comprobar que llevamos todo y nos dirige a la casa de su madre, la abuela Agustina. A quien mi madre llama Señora Tina.

El pueblo tiene encanto. Nada más llegar ves la plaza del pueblo, con la típica fuente a un lado. Los adornos de verano colgando de hilos en forma de tienda. El diminuto ayuntamiento. El campanario al fondo, a cuatro calles más bien. Dos barecitos. Y poca cosa más.

Oh, y mi padre siempre nos cuenta como se tiraba al río desde lo alto. Así que supongo que tendré donde bañarme. En fin, que un poco de naturaleza y de cambio no me va a venir nada mal.

Llegamos a casa de la abuela Agustina. Una fachada irregular pintada en blanco con cal. Una puerta abierta con la cortina echada, que deja ver el escalón que hay hacia abajo.

—Mamá, ya hemos llegado —grita con voz potente mi padre.