Villaredo es un pueblo, pueblo. Con tan solo 2000 habitantes, aunque parece que tenga muchos menos. «En fiestas cambia por completo, se llena de vida» decía mi padre. Supongo que lo hará, pero el problema es el resto del año.

Por ahora no tengo mucha más elección. Con los trabajos que me dan no me llega ni a un alquiler. Mi padre ha perdido el trabajo, le han echado después de tantos años perdiendo su salud física y psicológica. Mal ambiente, trabajo pesado. Es la gran combinación para desmoralizar a alguien. Con un poco de suerte, el cambio al trabajo que le ha ofrecido su tío le vaya mejor.

Echo de menos las tiendas. Incluso cuando no puedo comprar nada, me gusta ir a mirar. Disfruto del aire acondicionado y miro ropa, complementos, música. Es una suerte que el Kpop se haya propagado, así venden álbumes de mis grupos favoritos en las tiendas. Solo mirarlos me emociona. Algún día podré comprar alguno y seré feliz.

Mi madre no está tan contenta de venir al pueblo. No tiene mala relación con la abuela Agustina pero tampoco tiene buena relación. Y le hace tan poca gracia como a mi dejar las comodidades de la ciudad y alejarse de las amistades.

Eva: ¿cómo es el pueblo?

Carmen: pequeño, recogidito.

Carmen: Pero tiene un río espectacular para nadar. Conectas con la naturaleza.

Eva: ¿Has aspirado demasiado polen ya?

Carmen: Loca jaja

Carmen: Tienes que venir en fiestas, será divertido.

Sin Wifi, no tengo mucho más entretenimiento que chatear con mi amiga. No puedo ver videos, aunque por suerte tengo un montón guardados en el móvil. Pero me he perdido ya tres comebacks y eso que llevo dos días aquí.

El Wifi debería ser una necesidad básica más como la electricidad. Mi padre me riñe diciendo que antes no había y nadie se moría por ello. Obvio, papá. Tampoco había electricidad… Pero de nada me serviría responderle. Es muy tozudo.

Estoy sentada a la puerta de mi nueva casa, cuando veo aproximarse un joven ayudado de un bastón para andar. Tiene una cara digna de un idol. Con verle, me quedo embobada. El joven se percata y gira la cabeza tratando de ir más deprisa de lo que le permiten sus piernas.

¿Qué? Oh, no.

—Espera, espera. No es lo que piensas —me apresuro a ir hacia él.

—¿Qué pienso?

—Es solo que… —si le digo que parece un idol con su preciosa cara de bebé, me tomará por loca —nada. Soy Carmen, me he mudado hace poco aquí.

—Lo sé, la nieta de Agustina… —¿Cómo puede saber eso? —Yo soy Julián, Julián Cortes —me tiende la mano.

Tras un apretón de manos y unas sonrisas, se ofrece a enseñarme el pueblo. Yo me he paseado por las calles varias veces ya y no veo que tenga mucho más, pero su insistencia y no querer parecer borde me invitan a aceptarlo.