El muy cabrón de Donni lo tenía todo planeado. «Ya me lo pagarás, P’» me solía decir. «Ha llegado la hora de pagar, en esta vida todo y todos tienen un precio» sus palabras habían cambiado completamente.

—¿Y con qué te voy a pagar? ¿Un riñón? —le suelto, y nada más soltarlo me arrepiento de haberlo dicho —. Oye, no.

—Tranquilízate, tengo un trabajito que puedes hacer para mí.

—Oh, bien. Sí. Lo que quieras, Donni. Aquí para servirte.

—Eso es, esa es la actitud —se ríe, lo cual me da muy mala espina —. Lávate y ve a esta dirección.

Recibo una notificación, me ha mandado la ubicación de un hotel. Intento preguntar sobre el trabajo que tengo que hacer, pero no me permite más pregunta.

Donni al principio era muy amable, era todo colegueo entre nosotros. Cuando se me terminó la pasta, me seguía ofreciendo y yo aceptaba. Pensaba que me moriría antes de que quisiera cobrarlo. No me han faltado los intentos. No valgo ni para terminar con mi vida.

Los días se me hacen largos, y las noches tristes. No estoy tan metido en la droga como parece. Solo que no tengo pasta para pagarla. A veces pienso que estoy perdiendo memoria, que mi estado de salud física ha empeorado. Así que intenté dejar la maría por los tranquilizantes que me recetan. Ahora los combino en un cóctel de paz.

No puedo volver a casa de Mérida porque ya estará su madre. No puedo ir a mi casa, pero no me queda otra. Se hará el intento.

Me dirijo a mi casa con la cabeza gacha, ¿Cuándo se ha desviado tanto mi vida? Parecía algo que me iba a ayudar. Era ocio, risas con los colegas, conectar con todos. En algún punto lo mezcle con la tristeza. Y lo fastidié todo.

Entro en casa y los gritos empiezan. El intercambio de insultos y de empujones. Tiro a mi padre al suelo, su viejo cuerpo cede ante mi empujón. Me duele, pero no me paro. Me ducho mientras escucho a mi madre llorar. Mi padre permanece callado.

Antes de irme, oigo desde la puerta la voz de mi padre:

—Estarás orgulloso, te has convertido en poco más que una bestia.

—No te equivoques, tu me has convertido en esto —le respondo.

Mi madre rompe en llanto de nuevo. Y si no fuera porque estaba mirándole a través del reflejo en el cristal de la puerta, aseguraría que mi padre ha dado un respingo.

Cierro con un portazo tras de mí. Sintiéndome como la peor mierda existente. Pienso en contárselo a Mérida para relajarme, pero ya se que me va a decir. Es algo normal entre amigos ¿verdad?

A la puerta del hotel me espera Donni.

—Más te vale comportarte —me suelta casi como en un rugido — o me encargaré personalmente de que te comportes.

Aun no tengo claro de que va todo esto, esto tiene muy mala pinta.

—Harás todo lo que te diga, es un cliente muy preciado. Serás sumiso y complaciente. No hay excusas. Si la cagas, te cortaré los huevos.

Me entra un canguelo digno de una peli de terror. Mi vida me aterra ahora mismo, debí leerme el manual de uso antes.

—Donni, esto no está bien. No puedes obligarme a hacer eso.

—Con un par de sesiones saldarás tu deuda.

—¿Un par de sesiones? WTF No, no. No voy a hacer nada de eso. Te conseguiré el dinero, puedo conseguirlo. Dame un par de días —veo como Donni se va enfadando y no es plan de enfadar a Donni, no quieras saber por qué — ¿un par de horas?

Mi intento es totalmente en vano. La desesperación me invade, el no saber que va a pasar.

—Cómo no te comportes, el jefe se encargará de que los peces te cuiden.

—No bromees, bromeas… ¿no? ¿Trabajas para alguien? Creía que eras autónomo.

—Ya hemos llegado. Entra ahí. Recuerda, si quieres vivir… haz que salga contento de aquí.

Entro en la habitación con cautela, mirando atrás por si puedo escapar de alguna manera. Pero Donni aguarda en la puerta con cara de perro. No soy creyente, pero juraría que me he puesto a rezar y rogar que salga vivo de esta.

Al entrar, me doy cuenta del lujo de la habitación. Sí que debe ser importante… La habitación es enorme… No sabía que los hoteles tenían habitaciones tan grandes. Ni las de las películas lo son.

Al ver la cama, me doy cuenta de que hay un señor mayor sentado en el borde mirándome fijo, con el semblante serio. Sobre estar viejo y arrugado, se nota que es corpulento. Diría que en otros tiempos era musculoso y fornido. Conserva el pelo cano, aunque luce ciertas entradas. La barba a juego con el pelo, pero las cejas son negras. Lo cual me resulta curioso.

Me da tiempo a fijarme en tanto detalle, porque nos quedamos observándonos en lo que me parece una eternidad.

Se levanta sin ninguna dificultad y entonces alcanzo a ver lo alto que es.

¿Quién diablos es? ¿Una especie de militar o qué?

—Acércate, chaval —me dice con su gruesa voz.

—Vale —me sale un pequeño gallo por los nervios y me acerco como puedo, me tiemblan las piernas. Este tío puede hacer cualquier cosa de mí, pese a su edad no aparenta debilidad ni fragilidad.