Las luces del abismo
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—Yo no… —empiezo a hablar sin haber pensado bien que quería decir. Y por ello no me sale ni una palabra más. Ni media tan solo.

—Siéntate aquí a mi lado —ordena.

Da verdadero miedo.

—Sí —respondo fuerte, para que me oiga a la primera.

¿Y ahora? Tengo que evitar a toda costa ser violado por este mastodonte.

—De verdad que yo no —qué genio soy, con este poder de convicción no me dejará ir tranquilo en la vida.

—No sé otra manera, lo siento chico —me dice.

Me rasco la cabeza, tratando de entender ese giro.

—A mi se me da fatal eso de follar hombres. Bueno, no lo sé porque lo haya probado, no lo he probado… Pero es que no creo que se me fuera a poner dura. Yo si lo siento, no creo que pueda. Pero es que el tío de ahí afuera me obliga. No sé si me estoy metiendo en un lío por esto. Pero de verdad que yo… no.

—Eres hetero, ¿verdad? —está ignorando todo lo que he dicho.

—Sí.

—Así me gusta.

¿Y eso que significa?

Me coge del cuello con una mano. Y juraría que me quiere matar, pero en realidad me recuesta en la cama. ¡Qué manera más extraña! Podría pedirlo, o no sé. Cierro los ojos y trato de no perder la respiración. Creía que sería más… diferente. No sé. Todo esto se pasa de extraño.

Ahora me quita la camiseta. Trato de resistirme, pero es inútil.

—Tienes que colaborar —insta.

—Sí, sí.

Me da miedo, parece que la cosa está entre que me mate él o que me mate Donni. No puedo hacer o no hacer.

Quedo totalmente desnudo sobre la cama. Miro el techo, no me apetece nada mirarle. Esto es raro. Muy raro.

Él se quita la camiseta y dejando al descubierto la parte superior de su cuerpo. Entonces me da la vuelta, como quien da la vuelta a un filete en una sartén. Solo que dudo que cocine. Seguramente sea su mujer quien cocine, o tenga una cocinera a su servicio. Le veo más tallando troncos o luchando contra un oso. ¿Exagerado? Ven a esta cama antes de llamarme nada.

¿Qué está haciendo ahora? Giro la cabeza a mirar, pero con su mano lo impide. Aplasta mi cabeza contra la almohada, dejándome poco margen de respiración. Agito el brazo derecho, como si de un combate de lucha se tratase. Entonces el afloja. Al menos lo ha entendido. Hay comunicación, aunque no sea verbal.

—Disfruta —me susurra muy próximo a mi oído, produciendo un escalofrío por todo el cuerpo que me hiela la sangre. Juro que los ojos se me habrían salido de las cuencas si no tuviera la almohada haciendo de limite físico, del susto.

[expand title=”Contenido +18: escena de sexo”]

Me agarro a las sábanas con fuerza al notar la penetración repentina, soltando un grito de ahogo. Un dolor punzante en mi ano me hace seguir gritando. El dolor y el miedo me atrapan y empiezo a sollozar como un niño pequeño. Él acaricia mi espalda.

Esto no mola nada.

Sigue dándome y parece que por momentos duele menos, que resulte placentero. Aún duele. Placentero y doloroso por partes. Lo cual me repugna, porque no quiero sentir ningún placer de una situación tan desagradable. Y de un hombre tan desagradable.

Cuando parece que se está cansando, me da la vuelta y me levanta las piernas de manera violenta. Me mira y parece que se compadece de mí, me trata de limpiar las lágrimas de mi cara. Yo aparto la cara para evitarlo. Entonces empieza a penetrarme de nuevo, pero con más furia.

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Esto es un horror. No debería existir esta posibilidad. ¿Por qué he dejado que pasará?

Estoy en cuclillas en la cama. Con lágrimas secas en mi cara. Y sangre seca en la cama. Vomitaría, pero el vacío de mi interior lo impide.

Él sale de la ducha y se viste tranquilamente.

—No me mires así, lo has hecho más complicado tú.

Ni siquiera reacciono, ni respondo. Ni nada.