Pau: Mérida, necesito tu ayuda. Me he metido en un lío. Ven a buscarme, por favor.

            Mérida: ¿Dónde estás?

            Mientras espero echado en el bando del parque trato de alcanzar los rayos del Sol de entre mis dedos, ladeando la cabeza de un lado a otro, oyendo de fondo las hojas de los árboles danzar entre ellas.

            Mérida no tarda en llegar. Aquí está mi Mérida. Sabía que no me iba a fallar.

            —Oye, Mérida. Sabes que te quiero y te adoro… —empiezo a hablarle.

            —¿Qué necesitas? —resopla haciendo volar unas cuantas greñas de su pelo hacia arriba.

            —Verás tengo un problema, un gran problema. Bueno, tan solo necesito 500 pavos. Vamos, Mérida, eres mi bestie. Yo haría lo que fuera por ti lo sabes. No, no me hagas esa cara. Lo sabes. Sabes que pondría en juego mi vida por ti. No, espera.

            En ese punto estoy bloqueando el camino de Mérida, quien no quiere colaborar.

            —Después de esta, te juro que lo dejo. Me purificaré, me limpiaré de todo lo que llevo por dentro —le ruego, pero ambos sabemos que diría cualquier cosa con tal de salirme con la mía. Los problemas con camellos no son cualquier tontería. Esos tíos no se andan con chiquitas.

            —Eso dijiste la otra vez. No tengo un duro, lo siento P’ es lo que hay.

            —¿Te queda algo de hierba al menos?

            Mérida duda unos instantes para finalmente ceder:

            —Si, venga. Ven a casa.

Mi amigo vive con su madre, quien se pasa todo el día trabajando porque está interna en una casa, trabajando para alguien más privilegiado. Su madre odia que su hija sea tratado como un chico. No entiende lo de género no binario. Mérida simplemente no se siente de ningún género, agénero. No le representa ninguno. No es que sea tratado como un chico, es que prefiere que le hablemos en el neutro masculino. Como no me importa, le llamo como más cómodo le es a él.

Arreglo como puedo la tela que tapa el sofá y me siento en él. Mérida se sienta a mi lado y se pone con el móvil, dejándome a mi la tarea de hacer los porros.

—¿Cómo te va el Tinder?

—¿Cómo te van las pastis para la depre?

No está a la defensiva, solo está molesto porque le debo mucha pasta y su madre le aprieta para que la devuelva. Vale, está un poco a la defensiva… pero tiene su motivo en realidad.

—Venga, Mérida, no estés así. Te lo voy a devolver.

—Ya lo veremos —coge uno de los canutos y se lo enciende para darle un par de caladas —. En una hora te piras, por cierto —sentencia echando la cabeza hacia atrás.

—Venga, no te ralles. Me iré antes de una hora.

Mérida me pone al día de sus matchs. Todos los días habla con chicas y chicos nuevos, esperando encontrar alguien que le comprenda. Dice que odia tener que explicar su identidad sexual. Pero que es necesario, pues alguien que vea sus fotos puede confundirle con un chico o una chica, y él no se siente así.

—Tío, debería dejar esto. No lleva a nada bueno.

—Luego dices de mí —aprovecho para poner excusas a mi adicción, sí, pero es que me machaca mucho con el tema y él es igual con sus movidas.

—Yo no tengo una alternativa, no puedo salir y simplemente… ya sabes. Es difícil todo ese rollo para mí.

Su cara se tensa y no insisto con el tema por miedo a que se eche a llorar. No quiero verle mal. Bastantes palos nos dan en la vida como para dárnoslos entre nosotros también.

Tras terminar con su hierba y charlar, me despido de Mérida y me voy sin saber bien a dónde ir. Esa maría me ha sentado de lujo.  Estoy bien, en algún punto me he olvidado del problema con Donni. Los tranquilizantes también habían tenido algo que ver. Y es justo pensar en el y ver una notificación en el móvil:

Donni: ¡Ven ya!