Echando la vida atrás a mis desastrosas relaciones amorosas, no puedo evitar entristecerme. Siempre me ha resultado una tortura, una vez terminada una relación volver a conocer a alguien de cero. Pretender desde el principio crear la expectativa de que iba a durar me parecía artificial y frío. Me era imposible crear vínculos bajo el marco afectivo de una relación amorosa y cuando finalmente me abría, la relación iba muriendo.

Meditando sobre ello llegué a una conclusión: debo dejar atrás el amor, se puede conseguir la felicidad por uno mismo en soledad. Es más, es la verdadera felicidad la que se alcanza dejando fuera de las dependencias emocionales.

En ese momento contemplé muchas posibilidades, pero irme a Canadá es la que más me llamó la atención. Siempre me he sentido muy conectada a la naturaleza. Y al ampliar esa conexión con la naturaleza, esperaba encontrar una mayor conexión conmigo misma.

No iba a ser fácil, lo supe desde el primer momento. Siempre he tenido los pies en el suelo y aunque fue una decisión muy arriesgada, era lo que sentía en ese momento y no hubiera sido feliz quedándome España.

Mi familia se echó las manos a la cabeza, mis amigos no se creían que fuera a hacerlo. En definitiva, fue una decisión que no gustó a nadie. Mi no-pareja —nos estábamos dando un tiempo para pensar cómo solucionar nuestras diferencias —me dijo que era el fin.

En el aeropuerto eché la vista al bonito atardecer y las luces crepusculares que emanaban del Sol disiparon mis dudas. Había decidido lo correcto.

El primer mes en el bosque fue muy duro. El primer momento en la cabaña me eché sobre la cama y suspiré con un solo pensamiento en la cabeza, una sensación de arrepentimiento que me hizo derramar algunas lágrimas. Me entristecía haber dejado todo atrás y las dudas que me entraron aquella noche sobre mi necesidad de estar allí me hicieron llorar en silencio. Un silencio solo roto por las criaturas del bosque.

A la mañana siguiente desperté con nueva energía, dispuesta a luchar por mi felicidad. Fui a por madera para no morir congelada. Leñando un árbol, un hombre mayor —tan envejecido que podía haberse tratado de mi abuelo—, se acercó dándome unos consejos sobre cómo cortar la leña correctamente.

En ese momento no sabía bien cómo reaccionar. Era un extraño, pero no parecía peligroso, tampoco se le veía extremadamente amable. Parecía que le divertía ver como me esforzaba en vano.

—Se hará de noche antes de que consigas dos trozos de leña con que calentarte —me decía con sorna.

Jack —así se llamaba el hombre —estuvo a mi lado guiándome en las tareas del bosque. Cuando llegaba la noche se aseguraba de que tenía fuego para espantar los animales de mi cabaña. Por el día me enseñaba a cazar animales.

Al principio era muy reacia a la caza, pero la independencia que daba alimentarme de lo que yo misma conseguía me convenció. Era difícil alimentarse de algo que no fuera carne por allí. Y a medida que mejoraba en mis habilidades de supervivencia, iba disminuyendo mis visitas al pueblo a por enseres. Por lo que también disminuía el contacto con la gente de España, pero no me hacía sentir sola.

La simple compañía de Jack me hacía sentir mucho más llena y libre que todas las personas que habían pasado por mi vida. Parecía que él conocía el equilibrio perfecto entre dar espacio y cuidar una relación.

—En algún momento tendré que cuidarme por mí misma, sin tu ayuda —le comenté un día escuchando una de sus historias de los wendigos del bosque.

—Bianca, cielo. Ya cazas mejor que yo, construyes mejor que yo y te quieres más de lo que me quiero yo. El momento llegó hace tiempo.

Le miré y vi su arrugado rostro iluminado por la hoguera que yo misma había preparado. Vi un brillo de felicidad en su mirada acompañada de una tierna sonrisa.  

—Me has salvado —respondí emocionada —no solo de no morir de hambre, me has salvado de no morir anímicamente.

—Solo soy un viejo que sueña con reencontrarse con su hermanita y vivir juntos en la casa de dulces de la bruja de Hansel y Gretel, sin miedo a que un día estemos tan gordos que nos quiera comer.

En aquel momento no entendí bien que quería decir con ello Jack, pero el brillo de felicidad se apagó en el mismo instante en que pronunció «hermanita».

—El bosque está lleno de peligros, pero también nos gratifica por respetarlo. No debes olvidar que le debemos todo a la naturaleza. Estamos de paso —dijo con la mirada perdida en el fuego —. Solo de paso…

Unos días más tarde, fui a visitarle. Había hecho mermelada con bayas del bosque. Las más maduras que había encontrado, una selección de las bayas más gorditas y dulces. Quería regalarle dos botes a Jack, estaban adornados con un lazo cada una y en la etiqueta había escrito Hansel en un bote y Gretel en el otro con el pensamiento de que le resultaría gracioso.

Visto en perspectiva, quizás no fue lo más idóneo. Tampoco importa mucho por que al llegar a la cabaña le encontré en su cama sin vida. Lloré mucho los días siguientes. Pero seguía sin sentirme sola.

Jack me había dado tanto, me había ayudado a encontrar la paz en mi interior. La serenidad, el equilibrio y me sentía bien pese a echar de menos sus historias sobre el bosque. Las historias era lo de menos, era el momento del día de tranquilidad y de satisfacción por el trabajo terminado. Era nuestro momento de relajarnos y reír.

Él siempre reía, nunca perdía su buen humor. Tenía una paciencia infinita conmigo, pese a mis frustraciones.

Unas semanas después llegó alguien a su cabaña, habían comprado su terreno. Ese día volví a sentir tristeza, no podía ir a saludarle como si nada. No podía sustituir a Jack y hacer una amistad de cero. Nadie sería como Jack. Me sentí desolada.

Ese día no pude salir de la cama. Solo desperté por el calor acompañado de un fuerte olor a humo. Cuando me levanté había tragado mucho humo y me sentía mareada. Salí y vi el bosque en llamas. Y mis ojos se humedecieron, estaba paralizada por el miedo. No sabía cómo salvar las criaturas, los árboles, las plantas, los insectos, todo el legado natural que me había llegado a través de milenios de vida del planeta.

Caí al suelo de rodillas y lloré, tanto como si quisiera inundar el bosque con mis lágrimas. El incendio estaba demasiado avanzado. No podía hacer nada más, la impotencia dolía como un clavo ardiendo en el corazón.

—Lo siento, Jack —susurré antes de caer inconsciente.

Desperté en el hospital de la ciudad más cercana. Cuando me recuperé un poco pedí el traslado hasta España. Mi familia y amigos seguían como siempre, tan asfixiantes como distantes. Mi expareja se había casado y había creado su propia familia.

—La gente hace lo que buenamente puede con sus vidas —me decía Jack.

Ahora lo entendía. Lo entendía todo. Puede que no fuéramos perfectos, nadie lo éramos. Solo hacíamos lo que podíamos.

Vi a la tatuadora limpiarse una lágrima mientras recorría su mejilla. Bajé la mirada y dije:

—Por eso quiero tatuarme una hoguera, para recordar mis años en Canadá. Pero sobre todo para recordar todo lo que Jack hizo por mí.

Bases del OrigiReto2020:

La pluma de Katty

Solo un capítulo más

Objetivo: 4- Cuenta una historia de amistad infinita.

Objetos: 5. El Sol y 22. Un desastre natural

Palabras: 1238

Cuentos y leyendas: A – Hansel y Gretel

Criaturas del camino: III – Wendigos