El lobo husmeaba la entrada de la iglesia de San Salvador. Una iglesia que había sido el corazón de las celebraciones del pueblo durante muchos años y ahora corría peligro de derrumbe por falta de mantenimiento. Nadie se quería hacer cargo, resultaba un problema innecesario.

El cazador paseaba por el bosque en busca de su presa. Cazaba los jabalíes que encontraba, no porque le gustara especialmente la carne de jabalí ni la de caza. Simplemente le gustaba cazar, sentirse superior y retar sus habilidades de supervivencia en sus tardes por el bosque.

A diferencia de los jabalíes, los lobos le parecían animales nobles y elegantes. El alma de la ferocidad del bosque. La jerarquía lupina le fascinaba y su pelaje le parecía tan bello que arrebatárselo lo consideraba un crimen. Adoraba y respetaba su existencia.

El petricor y el olor fango tras la lluvia, le daban una especial nostalgia. Su madre adoraba los días de lluvia porque podía salir a por caracoles. De acompañar a su madre a recoger esos animalitos que enjaulaba para alimentarlos y que terminaban en la paella del domingo, vino después su interés por otros animales.

No tardó en descubrir qué animales le gustaba ver morir y llenar su plato. Y cuales estaban mal matar como su propia especie, los lobos, los conejos y las hormigas.

Cuando vio el lobo, éste aullaba hacia la decadente puerta de la iglesia de San Salvador. Esto causo mucha curiosidad al cazador quien cargó la escopeta dispuesto a enfrentarse lo que hubiera dentro de aquella construcción en ruinas.

Confiaba mucho en el lobo. Confiaba antes en ellos que en los humanos, por algo consideraba que su espíritu animal era el lobo.

Algo sacudió con fuerza la puerta, haciendo caer pedazos de madera carcomida delante del lobo que se paseaba por delante de la puerta preparándose para lo que fuera a ocurrir. El cazador adelantó el paso con la escopeta apuntando a la puerta.

La puerta era zarandeada con más fuerza por momentos, parecía que iba a ceder. Él tenía claro que corrían peligro y el lobo le había avisado.

La puerta cayó y el cazador apretó el gatillo en su dirección…

—Perdón —escuchó.

El disparo era imposible de deshacer para cuando se dio cuenta de lo sucedido. Se vio a si mismo sangrando por un disparo en el pecho. Miró su pecho y éste sangraba por una herida animal.

El «lobo» volvió a su forma natural, demoníaca, y se fue del lugar satisfecho. No sin antes responder sarcásticamente al cazador:

—Perdonado.

Reto por Tessa (en Twitter: @TeresaPlazaG)

Palabras escritas: 421

Palabras escondidas: Perdón, Petricor, Lobo.