Romper con mi feminidad. Me siento atada a ella con mil dragones custodiando que se mantenga integra. ¿Pero qué es la feminidad? Yo me siento femenina con o sin pintalabios. Me siento femenina cuando me arreglo para ir al culto, pero más que nunca me siento femenina cuando me levanto por la mañana o cuando termino las labores del día y me pongo un chándal.

Odio esa palabra. Odio la obligación de sentir la feminidad a su manera. Tanto es así que me niego a volver a pensar en ello. Ni feminidad ni masculinidad, soy mujer y punto. Y las características que poseo son las propias de Rebeca, la Rebe.

Siempre he odiado mi pelo, tan largo y engorroso de cuidar. Ni creo que me quede bonito. No creo que sea para mí llevarlo largo. Y ni hablar de los tacones, hay zapatillas de deporte mil veces más bonitas. Si Rapunzel se cortó el pelo para salir de su torre, ¿no me sacaría a mí de mi malestar?

Voy al salón a por unas tijeras y veo a la abuela sentada en el sofá. Estoy mirando en el cajón cuando mi madre me intercepta:

—¿Qué haces, Rebe? —como si notara que voy a hacer algo que no le gusta ya pone mala cara.

Yo me sorprendo y no se que responder. Quito la mano del cajón donde ya había alcanzado las tijeras.

—Píntate los morros, que nos vamos al pedío de tu prima. Ponte arreglá’, no me hagas volver a pasar vergüenza. ¿Oyes?

Asiento con la cabeza y me vuelvo a mi habitación. Miro en el móvil chicas denominadas Tom Boy y admiro sus fotos. Se ven tan bien, las envidio. Me gustaría poder cambiar por fuera para que se asemeje a lo que siento por dentro.

¿Por qué tengo que seguir enfrentándome con miedo al espejo? ¿Por qué tengo que verme como todas las gitanillas del barrio? ¡Yo soy única! Quiero liberarme de los dragones y ser libre de hacer lo que quiera. Pero si no puedo hacer algo tan simple que cualquier paya hace cuando le apetece ¿cómo voy a vivir mi vida felizmente? ¿Tanto es?

Cojo las tijeras de cortar papel y me quito el coletero. Al soltar el pelo, éste cae sobre mi espalda hasta el culo. Sujeto las tijeras contra éste, pero no soy capaz de cortar las riendas que me atan a todas las normas invisibles, pero tan tangibles que regulan toda mi vida y todo lo que me queda por vivir.

Hoy es un pintalabios y unos tacones, mañana un marido y unos churumbeles. La idea de futuro que me abruma, casi una condena de por vida. La vida prefabricada que me ha tocado al nacer. No poder dedicarme a mi pasión, no poder descubrir el amor a mi ritmo, no poder ser yo.

Estoy llorando cuando empiezo a cortar mechones de pelo por aquí y por allá.

—¡Rebe! ¿Estás loca? ¿Qué te haces? Ay, Rebe. Para. Para. ¡Para!

Mi madre llora y me zarandea. Y yo me siento mejor que nunca. Más mujer, más fuerte, más libre.

—¿Qué pasa aquí?

Aparece mi abuela mientras yo sigo cortando cada vez más decidida.

—Un clavo, con un clavo en mi corazón me hirió tu nieta —se quejaba mi madre aún en llanto.

—Abuela, ese pelo no soy yo.

Mi abuela saca a mi madre y cuando salgo con el pelo trasquilado y una sonrisa de oreja a oreja, con mis zapatillas de deporte veo que me esperaba mi abuela.

—¿Por qué, Rebe? —me pregunta.

—¿Por qué no, abuela? —le respondo.

—¿Sabes que el pelo corto en la mujer siempre ha sido símbolo de humillación?

—Más me humilla estar atada a una docena de normas, abuela. Nadie me humilla con esto más que vuestras reacciones y falta de apoyo. Lo hago por que quiero y me siento así, esa es la diferencia.

—¿Y dónde vas a ir así? —grita mi madre de lejos —Nos buscas la humillación, la ruina. Todos nos preguntarán que te ha pasado. Todos pensarán lo peor.

Mi madre me empezaba a llenar de sus preocupaciones. Pero lo cierto, es que no era peor que fingir. Siempre tenía que fingir.

—Mama. Tengo más de 18 años, ya va siendo hora de que viva mi vida.

—¡Serás desagradecida y maleducada! Si te viera tu pare… allá donde te esté viendo le estarás partiendo el corazón.

—Vamos deja a la niña. Nada se puede hacer ya sobre el pelo. Crecerá.

—Y lo volveré a cortar —pensé para mis adentros, pero no me atreví a decirlo en voz alta por no echar más leña al fuego.

***

Encontrar trabajo y amistades nuevas no fue tarea fácil. Siempre preguntaban por mi piel y aspecto, cuestionando de qué país soy. Cuando respondía española, me preguntaban por mi ascendencia y de alguna manera me terminaba sintiendo obligada a contar que soy gitana. Entonces algo casi imperceptible cambiaba al instante y que con algo de tiempo se hacía más que tangible: los prejuicios de los que se llenaba sus cabezas.

No me siento ni orgullosa de ser gitana ni lo detesto. Simplemente me complica todo. Ojalá pudiera disfrutar de mis raíces y amarlas, pero me reportan dolor por parte de la sociedad constantemente.

Los gitanos también se llenaban de prejuicios. Me preguntaban por mi aspecto, por mi ropa, por la ausencia de marido, por qué mi trabajo es de paya. El trabajo era difícil, la gente no quería que le atendiera una gitana.

La sensación de no pertenecer a ninguna parte se fue evaporando cuando conocí a los que ahora considero mis amigos. Contar con su apoyo ha sido vital. Porque nadie dijo que fuera a ser fácil, pero tampoco nadie pensó que no había que poner las cosas difíciles a los demás. Con un poco de amabilidad y empatía, todo sería muchísimo más fácil para todos. Para vivir la vida como queramos.

Al final como Rapunzel, salí de la torre por mis propios métodos. Pero abajo no me esperaba ningún príncipe azul. Me esperaban los dragones con sus llamaradas. Ahora que estoy lejos de todo eso no me arrepiento de un solo paso dado hacia delante.

Bases del OrigiReto2020:

La pluma de Katty

Solo un capítulo más

Objetivo: 12- Usa tu relato para dar visibilidad a algún colectivo minoritario.

Objetos: 7. Una docena y 11. Un clavo

Palabras: 1028

Cuentos y leyendas: B- Rapunzel

Criaturas del camino: X. Dragones.