La sombra del reflejo (Extracto)

Miro por la ventana y observo los árboles del exterior: cómo el sol ilumina el follaje y cómo el aire los hace bailar. Finjo que eso me transmite un poco de paz. Lo hago por mí misma, para poder soportar otro día.

El timbre suena y vuelvo a tomar conciencia de mi entorno, de la gente y del agobio.

Hoy es una mañana como cualquier otra, donde descanso sola en el pasillo de la planta superior del instituto. En realidad, no tengo vida social más allá del período lectivo, y ya veis que no es gran cosa.

Llego a clase y, justo después de sentarme en primera fila, entra Joan y se coloca a mi lado. Lo miro y me sonríe.

Dentro del aula puedo distinguir a dos tipos de personas: con los que interactúo y con los que no. Los grupos se decidieron en el primer año de instituto y han permanecido intactos hasta ahora. Joan forma parte del primero, obviamente.

Podría decir que es un buen amigo. Él sabe que paso los descansos sola. Lo descubrió un día, pero no dijo nada. Creo que me entendió sin ni siquiera tener que darle una explicación.

Nos llevamos muy bien. Tenemos una perfecta armonía o, al menos, eso quiero creer. Nunca he compartido mis sentimientos con él y me pregunto si siente lo mismo que yo. Tal vez, simplemente soy la chica rarita de su clase. No importa, a pesar de todo, me encuentro bien en su presencia y eso no me suele pasar con nadie. Es como una vitamina que me da fuerza; cuando estoy triste, allí está su simpatía y su sonrisa. No es que tengamos conversaciones largas y profundas, pero estar solo a su lado, ya alivia mucho mis pesares.

No obstante, si hay algo que me preocupa de él, es que suele hacer comentarios alarmantes en clase, y también en las letras de su música (tiene su propia banda). Comentarios que sugieren querer terminar con su vida. Por ello, yo le doy todo el espacio que necesita e intento que mi presencia no sea una carga para él. Mi intención es que mi compañía sea agradable, pero no estoy segura de conseguirlo.

En mi día a día no tengo mucho de lo que preocuparme, aunque sí que hay algo que resulta suficiente para hacer de mi vida un tormento: los estudios.

¿De dónde me viene esta preocupación? Bueno, pues de la presión de que debo sacar la máxima nota posible en la Prueba de Acceso a la Universidad. Esa que me habilitaría para poder hacer lo que quiera en la vida. Si consigo hacerlo bien estos años, podré ser LO QUE QUIERA (así, en mayúsculas, porque es importante; técnica de estudio básica). Además, estoy segura de que con la nota perfecta, mi futuro estaría asegurado. Se me abrirían tantas posibilidades que sería imposible no alcanzar lo que me proponga.

¿No es así? Yo creo que sí. Una sola semana marca nuestro destino y nuestro futuro.

Me encuentro en el pasillo, llorando. Es un día más de tantos en el que el agobio puede conmigo. Por si fuera poco, tengo tan mala fortuna que pasa uno de mis profesores.

—¿Qué te ocurre, Altea?

¿Y ahora qué se supone que debo responder a eso? ¿Cómo explico mi agonía? Y lo más importante, ¿cómo le hago entender que no sé la razón que encadena mi sufrimiento?

El profesor pregunta impaciente y un «no sé» no parece servirle. Mi llanto ansioso le incomoda y le hace sentir que ha de hacer algo. Pero ¿sabe solucionar algo de lo que me pasa? ¿Le importan realmente mis problemas?

Busco una escusa con rapidez, aunque nada viene a mi mente. No consigo ordenar mis pensamientos. Así que le cuento un problema al azar. Total, diga lo que diga no se corresponde con lo que me pasa en realidad. Lo que siento es algo que va más allá de lo que yo misma logro comprender. Hasta a mí me sorprende verme llorar a pesar de que cada día lo tengo más normalizado.

Joan me ve con el profesor y se acerca. Le consigue persuadir para que se vaya; él se quedará conmigo. Cuando el profesor se retira, se sienta a mi lado.

—No tienes por qué estar aquí.

—Lo sé —responde Joan sin mirarme.

Seguimos en silencio mientras trato de calmarme. Sabe que no hay nada que pueda decir para consolarme y que tampoco quiero las típicas palabras vacías que no consiguen nada.

—La vida es dura… —añade.

Me sorprende que diga algo; no suele hacerlo.

—A veces —respondo, intentando suavizar el ambiente, ya que también estoy preocupada por él.

Joan compone canciones que puedo describir no solo como buenas, sino como verdadero arte de un grito que nadie nunca escucha. Utiliza el inglés porque según él se siente más cómodo, y sus padres no lo entienden. No los quiere preocupar, creo. Y lo comprendo. Yo tampoco querría preocupar a mis padres si es que hubiera alguna cosa por la que preocuparlos.

A todo esto, no debería compararme con Joan. Él tiene un diagnóstico médico, una enfermedad. Y yo… No sé. Puede ser que lo mío se llame «adolescencia». O así se lo explicó la tutora a mi madre el otro día.

«La vida es dura, a veces». Se convierte en una especie de lema que no era mejor que los silencios, pero era una realidad. Nuestra realidad.